Carlos Ernesto Cano

Centroamérica, entre el dictador clásico y el dictador cool

26 de julio de 2026

 

La región que vio nacer el concepto matemático del cero, cuna de la milenaria civilización maya y hogar de una biodiversidad invaluable, parece atrapada en un círculo vicioso donde el autoritarismo se recicla y se viste con nuevos ropajes. En sus dos extremos, Centroamérica ofrece hoy un preocupante laboratorio de dos modelos de poder que, aunque diferentes en su estética, convergen en su esencia: la concentración del poder y el desprecio por los contrapesos democráticos.

 

Por un lado, el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua encarna la versión más clásica y descarnada de la dictadura. La reciente declaración de que en "tierras de Sandino no se realizarán más elecciones democráticas" no hace más que confirmar un proceso de erosión institucional que ya había desmantelado cualquier vestigio de separación de poderes, silenciado a la prensa independiente y convertido la disidencia en delito. Es el autoritarismo sin disfraces, que gobierna por el miedo y la fuerza bruta, con un costo humano que incluye presos políticos y un éxodo forzado de miles de nicaragüenses al exilio.

 

En la otra orilla, Nayib Bukele en El Salvador ha perfeccionado lo que algunos periodistas e intelectuales denominan el "autoritarismo cool". Con una imagen moderna, manejo experto de redes sociales y una popularidad que roza el 90%, Bukele ha logrado lo que parece una paradoja: desmantelar la democracia con el aplauso de las mayorías. Su estrategia ha sido efectiva y peligrosamente seductora: primero, enfrentó la crisis de seguridad con medidas de mano dura que redujeron drásticamente los homicidios; luego, utilizó ese capital político para controlar la Asamblea Legislativa, destituir a jueces y fiscales incómodos y finalmente reformar la Constitución para permitir su reelección indefinida.

 

Pero Bukele no es un "outsider" ni un fenómeno espontáneo. Como ha documentado el periodismo de investigación, su trayectoria revela a un político que supo pactar con las pandillas para acumular poder y luego rompió esos acuerdos para instaurar un régimen de excepción que, bajo la promesa de seguridad, ha significado la detención de más de 118,000 personas, muchas de ellas sin proceso judicial ni evidencia sólida. El resultado es una paz de cementerio que, como advierte el periodista Óscar Martínez, es una moneda al aire: puede tocarle el lado bueno a la mayoría, pero el lado malo implica una injusticia irreversible.

 

La diferencia fundamental entre ambos modelos es de forma, no de fondo. Mientras Ortega recurre al discurso revolucionario y a la represión abierta, Bukele usa la retórica del "orden" y la eficiencia tecnocrática. Mientras uno se presenta como el defensor de la herencia sandinista, el otro se autodenomina "el dictador más cool del mundo mundial". Ambos han eliminado la reelección como mecanismo de alternancia, ambos han controlado el poder judicial y ambos persiguen a quienes alzan la voz, aunque en El Salvador la persecución sea más selectiva y con un barniz de legalidad.

 

La historia nos enseña que el autoritarismo en Centroamérica no es nuevo. Pero estos dos modelos representan una amenaza renovada porque, además de reprimir, han aprendido a seducir. El caso salvadoreño, en particular, ofrece una lección escalofriante: la democracia puede morir no solo entre cañonazos, sino entre selfies, promesas de seguridad y discursos que dividen al mundo entre los que "apoyan el cambio" y los que defienden un "statu quo corrupto".

 

Centroamérica merece más que esta falsa disyuntiva entre la dictadura clásica y la dictadura cool. Merece democracias que no tengan que elegir entre seguridad y libertad, ni entre orden y justicia. La región que dio al mundo el concepto del cero no puede resignarse a que sus regímenes políticos sumen cero en libertades.

 

Daniel Ortega y Nayib Bukele