Lars Bedurke

Una línea suspendida: crónica de un viaje a Cuba en tiempos de cerco petrolero

29 de marzo, 2026

 

Quise llegar a La Habana por Cubana de Aviación, como quien abre una puerta con la llave de la memoria. Imaginé las viejas fotos de delegaciones del Sur global —Arafat, Sankara, médicos, maestras, sindicalistas— frente a los IL-62M que unían la isla con cumbres del MNOAL y la OSPAAAL. 

Pensé en la aerolínea bandera como un hilo rojo que cosía continentes y posibilidades. Pero el vuelo se canceló: no había combustible; el avión arrendado no valía el intento. Lo que fue flota hoy es estela. Antes de pisar la isla ya aprendía la primera lección: cruzar la distancia entre la Cuba que fue referente para tantos pueblos que resistieron prácticas imperialistas, colonialistas y neoliberales y la Cuba de ahora, ahogada por un cerco energético que busca postrarla y colapsarla, construyendo además la ficción de una amenaza para Estados Unidos.

Vine a conversar sobre educación popular, decolonialidad y antirracismo. Íbamos, sobre todo, a escucharnos. Pero el cerco petrolero impuso su temario a última hora: logística, cortes, apagones, combustible; cómo mover gente y sostener un taller; cómo apagar la ansiedad sin luz. Esa conversación desplazada funcionó como mapa: en Cuba, 2026, la escasez dejó de ser un episodio y se volvió ambiente. El reloj suena a racionamiento. El clima, a la espera.

La escena se condensó en un taller decolonial cuando la luz se fue. Nadie se inquietó al principio: otro latido más del metrónomo del día. Luego llegó la noticia en cadena: cayó el sistema eléctrico nacional. El canal de WhatsApp se llenó de mensajes tensos. Si no hay electricidad no hay bombeo; sin bombeo no hay agua; sin agua la ciudad se encoge. 

No hay gas, y una profesora dijo con firmeza y dignidad: «Con mi comida no se metan». Las comunicaciones empezaron a fallar. «¿Cuándo vuelve?» se repitió hasta convertirse en el otro nombre del miedo. Dos días después, en Playa Girón, el mapa del corte adquirió cuerpo: familias con cuatro días seguidos sin electricidad, sin internet, sin celular, sin línea fija. Fuera. El silencio tecnológico es otra clase de noche: aísla, desordena, deja al tiempo sin costuras. Hicimos lo único que quedaba: convertir el apagón en aula. 

Conversamos a la luz que quedaba sobre metodologías para sostener la escucha cuando escasean los medios; sobre antirracismo cuando la crisis racializa aún más el acceso; sobre decolonialidad cuando el “cómo” de la vida diaria está mediado por decisiones financieras y energéticas tomadas lejos de aquí.

Buscamos luego una pausa mínima en Varadero. Sol, mar y corriente eléctrica. Pero la escena no engañaba: un hotel para cuatrocientas personas con no más de treinta huéspedes. Dos días después cerraría; otros ya habían cerrado. Decenas de miles de personas dependen directa e indirectamente de esa industria, y, sin embargo, el turismo, que durante años se presentó como motor, hoy funciona a media máquina y transmite sus fallas a lo largo de toda la cadena. 

Cuando cae la ocupación, no solo se apagan los buffets: el golpe baja por la escalera de servicio e impacta los salarios de camareras y cocineros, reduce turnos de transportistas y guías, deja sin pedidos a las cooperativas agrícolas que abastecen frutas y hortalizas. La economía política del turismo se revela en negativo: cuando no hay huéspedes, aparecen los baches de un modelo con fuga de divisas, baja integración local y una captura desigual de beneficios.

Esa desigualdad tiene rostros. En un mismo barrio, quienes reciben remesas pueden sostener consumos en divisas o acceder a tiendas privadas con estantes surtidos —y precios en otra galaxia—, mientras la mayoría, con salarios en CUP, hace colas y cuentas que no cierran. 

La desigualdad, siempre contenida, se vuelve visible en prácticas elementales: quién puede comprar pollo hoy; quién puede pagar datos; quién puede reparar un diente. El resultado es una economía a dos velocidades donde la moneda de acceso no es solo el dinero, sino la posibilidad de convertirlo en bienes esenciales. La diáspora, que envía remesas como respiración asistida, altera también la geografía de oportunidades: hay casas que resisten gracias al familiar que manda dólares y hay barrios enteros, muchas veces con mayor presencia afrodescendiente, donde la transferencia nunca llega y la escasez golpea con más fuerza. 

En esa grieta se cuela la colonialidad del poder: jerarquías históricas que el proyecto igualitarista supo atenuar y que hoy, bajo presión, vuelven a asomar. Durante décadas, el sistema de salud fue faro regional. Hoy muestra un cansancio que no se explica solo por la falta de insumos: profesionales que se van porque el salario no alcanza, policlínicos que resisten más por vocación que por condiciones. Si necesitas un medicamento, no vas a la farmacia del hospital: lo buscas en la calle o en grupos de mensajería.

La migración crece; jóvenes y profesionales se van buscando oxígeno. La isla envejece y las remesas, cuando llegan, sostienen refrigeradores y también decisiones. La economía moral de la diáspora es ambivalente: hay quien envía para que la abuela coma mejor, quien invierte en un emprendimiento que emplea a tres personas del barrio, quien financia un viaje de salida. 

En esos movimientos se reescriben imaginarios del futuro cubano. Unos reclaman orden a cualquier precio —y América Latina sabe cuánto cuestan esas promesas—; otros aplauden sanciones como si el colapso fuera un atajo. Ninguna intervención ha borrado lo que otras violencias produjeron; solo cambian los nombres de las cicatrices. La conversación pendiente es honesta cuando admite dos verdades a la vez: el cerco externo existe —con bancos que cierran puertas, navieras que rehúyen tocar puerto, castigos a quien transporte combustible— y también pesan decisiones internas tardías, prioridades mal ordenadas y reformas que llegan cuando la urgencia ya mutó de forma.

En voz baja, Cuba se hace preguntas que merecen luz alta. ¿Por qué no se transformó a tiempo el sistema energético? ¿Por qué se sostuvieron dependencias costosas cuando había margen para transiciones graduales hacia renovables, generación distribuida y eficiencia? ¿Por qué algunos sectores recibieron inversión mientras otros, estratégicos para la vida cotidiana, se deterioraban? No hay respuestas simples. Apenas señales: diversificar fuentes, cuidar los circuitos de compra y financiamiento, tejer cadenas de valor menos frágiles, blindar lo esencial frente a shocks. 

Desde la economía social y solidaria, la apuesta pasa por ensanchar lo cooperativo más allá de la energía: llevarlo a la comida, a los cuidados, a la vivienda, a lo cotidiano. No como piezas sueltas, sino como tramas que se sostienen entre sí, con herramientas propias y decisiones compartidas. Soberanía no es cerrarse al mundo: es poder decidir sobre lo esencial sin quedar a la intemperie, sin depender de lo opaco, sin estar siempre al borde.

La otra cara de la crisis es política: un diálogo entre Estado y sociedad que se ha ido enfriando. Cuando la información no circula con transparencia, cuando la participación se siente limitada, cuando las decisiones parecen ajenas a la vida diaria, la confianza se desgasta. No se derrumba: se erosiona, que es más lento y más difícil de reparar. Un horizonte de izquierda crítico, decolonial y vivo no teme la conversación amplia: la necesita. No como coartada, sino como método. 

Asambleas con poder real de deliberación y veto; espacios abiertos donde sindicatos, cooperativas, movimientos feministas y afrodescendientes discutan en serio; mecanismos para que el dato público sea público de verdad. La revolución solo se renueva si aprende a escucharse a sí misma, y esa escucha no es folklore: es presupuesto participativo, contralorías comunitarias, auditorías sociales, pedagogía cívica.

No creo en una Cuba vendida como postal de ruina para justificar sanciones o atizar resentimientos. Tampoco en una épica que no mira de frente sus contradicciones. Menos aún en alianzas que abrazan autoritarismos por cálculo de conveniencia. La dignidad del pueblo cubano, esa terquedad que sostuvo alfabetizaciones, internacionalismos y vacunas, merece un futuro donde justicia social y libertad caminen juntas. 

Ser leal a Cuba desde una izquierda progresista es hoy defenderla del cerco y, a la vez, exigirle cuidar su conversación interna: ensanchar derechos, poner a la ciudadanía a decidir, proteger a quienes critican con amor y proponen con valentía. La crítica no es piedra: es herramienta.

Quizá el punto está ahí: reinventarse sin renunciar a los principios. Evitar la dicotomía gastada entre nostalgia y copia de modelos que profundizaron desigualdades en la región. Apostar por lo propio, pero con las ventanas abiertas. Cooperativas fuertes con acceso a financiamiento y mercados; sindicatos con voz y voto en las reestructuraciones; municipalismos que puedan decidir sobre sus recursos; redes feministas y afrodescendientes en el centro del diseño de políticas. 

Encadenar el turismo con la agricultura local, con industrias culturales, con transporte público eficiente y con ciencia y tecnología disponibles para el bien común. Atar las divisas del huésped a la mesa de quien cocina y a la luz de quien estudia. Si el cerco petrolero desvió la conversación, hagamos del desvío una brújula: nombrar la vulnerabilidad no para quedarnos en ella, sino para construir poder común donde más falta hace, en la gestión de lo cotidiano.

No pude volar en Cubana, pero el símbolo quedó, terco, en la mente: una línea suspendida que pide ser retomada. Cuba no es mito ni ruina; es un país que duele y que piensa, que resiste y que duda, que recuerda y que busca. En una asamblea de barrio, en una cocina apagada, en un aula a media luz, alguien sigue preguntando cómo hacerlo distinto. 

Mientras esa pregunta respire, y mientras la respondamos con participación real, con justicia que no tema a la libertad y con libertad que no olvide la igualdad, la historia no estará cerrada. Y Cubana, tarde o temprano, volverá a despegar.