3 de agosto
Mientras los titulares del verano de 2026 se tiñen de naranja con los incendios forestales que devoran desde las laderas de la Columbia Británica hasta los olivares del Mediterraneo europeo, y mientras las olas de calor asfixian a Madrid, París, Londres y Berlín con temperaturas que hacen derretir el asfalto, el Norte Global se descubre a sí mismo como víctima de un monstruo que ayudó a crear.
Las imágenes de evacuaciones masivas en Canadá, de pueblos enteros carbonizados en California y de turistas huyendo de las llamas en la Riviera Francesa son, sin duda, desgarradoras. Pero contienen una amarga ironía: el espejo que hoy les devuelve la mirada refleja una realidad que el Sur Global, y en particular Centroamérica, lleva décadas soportando en silencio.
No se trata de competir por el dolor, sino de señalar la asimetría de la historia. El “cambio climático” no es un fenómeno nuevo para el istmo centroamericano. Para nosotros, no llegó con los titulares de 2024 o 2026. Llegó con el lodo y la muerte del huracán Mitch en 1998, que borró comunidades enteras de Honduras y Nicaragua. Llegó con la furia del huracán Stan en 2005, que sepultó aldeas enteras, como Panabaj en Guatemala.
También llegó con la devastación gemela de Eta e Iota en 2020, que en apenas dos semanas dejó a millones de centroamericanos sin hogar, en medio de la pandemia del COVID. Llegó con sequías que convierten el Corredor Seco (en el mal llamado Triángulo Norte de Centroamérica) en un desierto de hambre, donde los campesinos ven morir a sus hijos y a sus milpas no por falta de lluvia, sino por la ausencia sistemática de un clima que ya no reconocemos.
Mientras el Norte Global habla de “crisis climática” como un evento excepcional, en Centroamérica es una condición permanente: una guerra de baja intensidad librada contra la naturaleza y contra los pobres.
Y aquí está la clave que no debe eludir: la responsabilidad directa de las industrias del Norte Global. No es un “fenómeno natural” ni una “maldición divina”. Es el resultado de un modelo de desarrollo basado en el consumo desmedido de combustibles fósiles, en la producción industrial deslocalizada que contamina sin remordimientos y en un estilo de vida que, durante generaciones, ha emitido a la atmósfera más carbono del que el planeta puede absorber.
Las grandes corporaciones energéticas, los fabricantes de automóviles que durante décadas negaron la ciencia, las agroindustrias que deforestan para exportar soja y carne, y los gobiernos que protegen esos intereses: ellos son los arquitectos de este infierno.
Que hoy los ciudadanos de Europa se asfixien con temperaturas de 45°C no es un castigo divino, sino el precio de un contrato social roto, firmado con la complicidad de un consumismo que miró hacia otro lado mientras el planeta ardía.
Centroamérica, por su parte, no sólo padece las consecuencias. Es también el laboratorio donde se ensayan los desastres. Aquí, la destrucción climática no solo quema bosques o inunda ciudades; aquí destruye economías de subsistencia, genera migraciones forzadas, rompe el tejido social y empuja a miles de personas a caravanas que caminan hacia ese mismo Norte que hoy arde. El huracán Mitch no fue un accidente; fue un anticipo. Las sequías del Corredor Seco no son una anomalía; son una profecía autocumplida por un modelo global que prioriza la extracción sobre la biodiversidad.
Por eso, cuando vemos las imágenes de los incendios en Canadá o Europa, no podemos sentir solo solidaridad. Sentimos también una profunda y justa indignación. Porque el espejo que el Norte Global se ve obligado a mirar hoy es el mismo que nosotros, los centroamericanos, hemos sostenido frente a sus ojos durante décadas sin que nos quisieran ver.
La diferencia es que, para ellos, el desastre es una interrupción de su confort, de sus vacaciones; para nosotros, es la textura misma de nuestra existencia. La “crisis climática” no es democrática: golpea primero…
