9 de agosto, 2026
Un texto de esperanza en tiempos de exterminio
¿Cómo empezar a escribir en medio del exterminio y el genocidio que sufren cientos de pueblos enteros en este preciso momento? ¿Cómo convocar a la esperanza cuando habitamos las profundidades del abismo, cuando el duelo parece infinito y sentimos que lo hemos perdido todo?
En el desarraigo aprendí que tocar fondo no es necesariamente una condena: estar abajo nos regresa a la tierra, al origen. Nos recuerda de dónde venimos y ante qué nos rendimos. Hoy no quiero escribir sobre la muerte, el genocidio o la destrucción. Hoy elijo honrar la vida de los pueblos de los que venimos y en los que nacimos; quiero reconocer la imaginación y el futuro que hemos construido —y seguimos construyendo— aun en tiempos de devastación ambiental y de nuestra propia especie.
Muchos de los anhelos y sueños de nuestras abuelas se han vuelto realidad. Muchas de las proyecciones de nuestros antepasados se han alcanzado. Cuando miro mi origen y contemplo la historia de mi familia y de nuestros territorios, veo que hemos encarnado sus anhelos. Tenemos todo en contra: los Estados, los gobiernos, el sistema económico, el racismo, la ignorancia y la incomprensión de nuestra propia existencia. Sin embargo, con la naturaleza como nuestra única aliada y a través de nuestra forma de ver el mundo —que es manifestación de la creatividad del universo—, hemos garantizado nuestra permanencia hasta el día de hoy.
Este texto no pretende negar los dolores que seguimos enfrentando; pero en medio de todo, nuestra presencia en este planeta continúa.
La llamada de nuestros pueblos es un llamado a la vida: un respeto hacia cada manifestación viviente en la Tierra. Es recordar el pasado para edificar el futuro, sabiendo que no hemos inventado nada. En medio del dolor, el silencio y la oscuridad del exilio, comprendí que soy hija de la tierra y que, por lo tanto, dondequiera que esté, estoy en casa. Todos los árboles y los ríos del planeta merecen respeto; toda el agua es sagrada, no solo la de los lugares donde nací.
Fue precisamente en el desarraigo donde empecé a contar el calendario sagrado de mis ancestros. En medio de una experiencia de abuso espiritual, descubrí que la espiritualidad me pertenece únicamente a mí: soy mi propio altar y mi propia casa. Con la frente en el suelo, me abrí a la sabiduría de otras mujeres sobrevivientes del genocidio conectadas con algo más grande. Ellas me enseñaron que somos mucho más que dolor y violencia: somos la imaginación indígena, somos todas las veces que hemos tenido que morir para trascender y continuar la vida.
No podemos cambiar lo sucedido ni controlar el entorno; sólo nos pertenece nuestra respiración, que vibra al compás del latido de la Tierra. A pesar de todo, a los pueblos nunca les ha faltado la fiesta, el baile ni el canto. Como nos enseña la sabiduría nahua, debemos aprender de la tierra, que ante los golpes y las heridas responde devolviendo flores, frutos y cantos.
No han podido borrarnos de la historia. Somos parte de ella, venimos de ella. Inventamos el cero, un pilar fundamental para la humanidad tal como la conocemos. Pero lo más importante es que nosotras mismas sepamos de dónde venimos. Ese es el verdadero renacer de nuestros pueblos: saber que nada nos supera, excepto la Madre Tierra, y que seguiremos existiendo, firmes, del lado de la vida.
Este es mi último texto desde el desarraigo, y al escribirlo renace la esperanza en este Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Nos reconozco plenamente humanos —con nuestra luz y nuestra sombra, con nuestras contradicciones e incoherencias habitando el siglo XXI— y celebro el valor de que hoy podamos contar nuestra propia historia: escribir, hacer cine, cantar y caminar a pesar de todo.
Somos parte de la red de la vida. De aquí no nos mueve nadie más que la Madre Tierra, cuando sus propios ciclos decidan que ha llegado el momento de un nuevo comienzo.

*Editorial en el marco del Día Internacional de los Pueblos Indígenas