Cada 22 de marzo el calendario nos invita a detenernos y reflexionar sobre el agua. Sin embargo, un año más, corremos el riesgo de que esta conmemoración se diluya en un mar de buenas intenciones y lugares comunes, mientras la realidad, tozuda y silenciosa, sigue fluyendo en dirección contraria a la sostenibilidad.
El Día Mundial del Agua no debería ser una celebración, sino un llamado a la conciencia colectiva. Porque, aunque desde el espacio nuestro planeta se vea como un punto azul dominado por océanos, la fotografía real es muy distinta: solo el 2.5% del agua de la Tierra es dulce, y de esa mínima porción, menos del 1% está disponible para el consumo humano. El resto está atrapada en glaciares, casquetes polares o acuíferos profundos e inaccesibles. Vivimos, pues, con una reserva ínfima y finita en un planeta de sed insaciable.
La crisis del agua es ya una crisis de civilización. No es una amenaza futura, es una emergencia presente. Según datos de Naciones Unidas, 2.200 millones de personas carecen aún de acceso al agua potable gestionada de forma segura. Detrás de esta cifra fría se esconden realidades devastadoras: niñas que abandonan la escuela para caminar kilómetros en busca del líquido, comunidades enteras sometidas a enfermedades hídricas que podrían evitarse, y cosechas que se pierden condenando a regiones enteras al hambre y la migración forzosa.
Pero el problema no es solo la escasez. Es la mala gestión, es la contaminación y es la desigualdad. Mientras en algunas regiones del mundo el agua fluye con una generosidad que raya el derroche en piscinas y campos de golf, en otras, como el Cuerno de África o amplias zonas de Asia Central, cada gota se convierte en un bien de supervivencia. Asistimos perplejos a la paradoja de que el agua, siendo un derecho humano fundamental reconocido por la ONU, sea tratada en la práctica como una mercancía sujeta a los vaivenes del mercado y a los intereses geopolíticos capitalistas.
El cambio climático como consecuencia de la destrucción climática, no ha creado esta crisis, pero actúa como un multiplicador de todas las tensiones existentes. Sequías más prolongadas e intensas, inundaciones catastróficas que contaminan las fuentes de agua dulce y el deshielo acelerado de los glaciares, que son las reservas estratégicas de nuestros ríos, nos empujan hacia un futuro incierto. La guerra, además, se queda con el agua: en genocidios como el de Gaza o el Congo, las infraestructuras hídricas son objetivo militar, convirtiendo el acceso al agua en un arma de dominación y castigo colectivo.
Este 22 de marzo no basta con encender velas virtuales o compartir infografías en redes sociales. El lema de este año, “Agua para la paz”, nos recuerda que la cooperación hídrica es una de las herramientas más poderosas para construir estabilidad. Gestionar bien el agua es gestionar la paz. Requiere voluntad política para depurar nuestros ríos, para invertir en infraestructuras que eviten las pérdidas escandalosas en las redes de abastecimiento y para promover una agricultura menos sedienta, más eficiente, menos invasiva y más saludable. Se requiere, también, un cambio cultural profundo que abandone la idea de que el agua es un “recurso” inagotable.
En el marco de este Día Mundial, la pregunta que debemos hacernos no es solo qué pueden hacer los gobiernos, sino qué estamos dispuestos a hacer como sociedad para cambiar el modelo capitalista de gestión del agua.
Porque el agua, en su aparente quietud, es el reflejo más fiel de nuestra civilización: la maltratamos, la desperdiciamos y la olvidamos, hasta que un día, al abrir el grifo, descubrimos que ya no está.
Y para entonces, será demasiado tarde para ofrecerle disculpas al planeta.