24 de junio, 2026
Por Jovanna García
A principios de junio de 2026, la indignación se encendió en la comunidad guatemalteca cuando los medios reportaron que la cantautora independiente Raysa Morales había sido víctima de una agresión física mientras tocaba música en el Metro de Barcelona. Lejos de reducir su historia a ese hecho violento, este incidente puso sobre la mesa la vulnerabilidad, pero también la enorme fuerza que implica el arte callejero e independiente para las y los migrantes.
Raysa Morales, originaria de Mixco comenzó su carrera a los 19 años en las banquetas de la Sexta Avenida de la Zona 1, frente al McDonald's entre once y décima calle. Tras dejar la carrera de psicología por la música, mochileó por Centroamérica y México, hasta cruzar el Atlántico hacia Europa. Hoy, tras asimilar la distancia de la tierra y los desafíos de la migración, la calle sigue siendo su trinchera. En una plática abierta y directa, nos cuenta en sus propias palabras qué la llevó a salir y cómo la colectividad la sostiene en las estaciones de Barcelona.
El techo de la escasez y la huida de la "bohemia maldita"
El arte independiente en Guatemala no solo se enfrenta a la falta de presupuesto estatal, sino a una profunda división de clase. A este panorama económico se suma el desgaste emocional de una sociedad de posguerra. Al conversar sobre su trayectoria, Morales detalló cómo la falta de oportunidades e infraestructura en el país la empujaron a tomar la decisión de salir:
Raysa Morales: Yo comencé a hacer arte en Guatemala cuando tenía como 19 años y tocaba en la Sexta Avenida. Ese era mi lugar, enfrente del McDonald's que está entre la undécima y décima calle. Todo se convirtió en un fenómeno; yo estudiaba psicología, pero la música creció tanto que dejé la carrera y me dediqué de llena. Entre la calle y muchas experiencias aprendí a hacerlo cada vez mejor. Sin embargo, esto también me hizo crecer y topar con pared en un espacio donde siento que hay poco acceso a la música.
A veces la gente dice que en Guatemala no se apoya el arte, pero la verdad es que no hay recursos para nada, y no hablo solo del arte en específico. No hay fondos para aplicar a una beca o tener una subvención para un proyecto o un disco. El ministerio y las pocas organizaciones artísticas no se dan abasto para apoyar todo lo que pasa en el país. Además, la subsistencia básica no nos permite acceder a la música; la mayoría de la población está viendo cómo resolver su día a día y pagar un concierto resulta difícil. Es una situación de clase súper fuerte. Por eso creo que me topé con pared y decidí comenzar a explorar. Así empecé a mochilear por México, y partes de Centroamérica, solo me faltó conocer Panamá.

Al ser consultada sobre las fechas en que inició ese trayecto de exploración y los momentos históricos que marcaron su retorno temporal al país, la artista hizo memoria:
Raysa Morales: Yo inicié la mochileada cuando tenía 23 años; haciendo cuentas, fue hace unos 11 o 12 años, por el 2013 o 2014. De pronto me devolví a Guatemala en el 2015, cuando estaba pasando todo lo del golpe de Estado y el movimiento contra el gobierno de Otto Pérez Molina con la gente en la calle. Regresé porque para mí era importante estar presente en ese momento de la historia. Pero después volvió la necesidad de salir, al toparme no solo con la falta de acceso económico, sino también con dinámicas de mucha locura.
En mi teoría, esto ocurre porque somos una generación de posguerra; hay mucho alcoholismo y cuando se habla de arte, siento que todavía se idealiza la bohemia del tipo 'poeta maldito'. A mí eso me generaba rechazo porque no es la forma ni el lugar desde donde quiero desarrollar mi arte. No satanizo la fiesta, qué rica la vida, pero siento que quiero crear desde otro lugar un poco más esperanzador. Sé que hay mucha desesperanza en Guatemala y en el mundo, pero eso mismo me hizo buscar respuestas en otras partes.
Morales relató que posteriormente intentó establecerse en México, pero las condiciones económicas del arte callejero frente al costo de vida y la imposibilidad de conseguir un visado de trabajo la obligaron a buscar otros rumbos. Narra que había momentos en los que no era capaz de sacar su guitarra para recibir unas monedas frente a una madre con sus hijos que también buscaba apoyo monetario en las calles. Fue entonces cuando una amiga la invitó a Finlandia, abriendo un trayecto europeo que la llevó finalmente a instalarse en Barcelona, donde la informalidad laboral en la vía pública se convirtió en su mecanismo de supervivencia inicial mientras lograba regularizar su situación legal.
Desmontar el escenario y convivir uno a uno en las calles
Que hoy esta artista cante en el transporte público de Barcelona no es una casualidad en su trayectoria; la calle siempre ha sido su escenario principal. Tras verse obligada a recurrir al trabajo irregular en la vía pública para sostener su vida en Europa mientras lograba regularizar su situación legal, la artista reafirmó su arraigo por los espacios cotidianos. Para ella, cantar a ras de suelo y sin tarimas elimina las distancias artificiales y permite un intercambio genuino que los circuitos comerciales suelen bloquear:
Raysa Morales: Me di cuenta que acá sí puedo, o sea, había más oportunidades no solo en lo musical, sino de subsistencia y de regularizarme eventualmente. De poder tener un papel que me deje trabajar aquí legalmente. El trabajo irregular en la calle, para mantenerte en un lugar donde se te es prohibido estar, a mí la verdad es que me salva mucho porque estoy acostumbrada a trabajar en la calle. (...) Cuando estás en un escenario la gente te ve hacia arriba. Como que hay una barrera entre tú y la persona, como que te estás en una posición como de idealización. En cambio, cuando estás al nivel de la persona y al uno a uno es diferente cómo se interactúa porque te permite hacerlo desde un lado tan humano.
Me han pasado cosas muy bonitas gracias a eso, como que la gente te adopte y te diga: "Venga, niña, le voy a dar de comer". Cuando mochileaba pasaba mucho que había señoras que me invitaban a sus casas y me daban comida a cambio de cantar unas canciones. Tengo familias regadas por todo México y Centroamérica; personas mayores con las que nos hicimos amigos a través de la música, porque como antes cantaba casi solo boleros, conectaba mucho con ellos. Es algo lindo y muy bonito.
Sin embargo, al llegar acá me he topado con una diferencia cultural mucho más grande. No es lo mismo cómo recibimos el arte allá que cómo se recibe aquí. La gente tiene otra forma de vida y de estar, y eso a veces me resulta difícil. Por ejemplo, si alguien estornuda y le dices "salud", te quedan viendo raro, como si estuvieras loquita. Hay muy poca interacción entre las personas y si cruzas la mirada con alguien, no pasa nada más; es muy impersonal. En Guatemala yo salía a la calle y cada día una señora me contaba su vida entera: 'Mire, tengo una mi hija que se parece a usted...'. Aquí la gente es un poco más amarga y ácida en su cotidianidad..."

Al principio me costó mucho porque lo sentía cruel. Llegué a preguntarme si sería racismo, y seguro algo de eso tendrá, pero también es una cuestión muy cultural de ellos, que no llegan a intimar tanto. estando acá, yo creo que me he topado con una diferencia cultural mucho más grande.
Nosotros encontramos la manera de contarnos la vida muy rápido, mientras que aquí es difícil llegar a ese punto con las personas. Acostumbrada a nuestra calidez, emocionalmente me costó un montón sostener mi proyecto. Por fortuna, encontré una comunidad de latinos y casi todos mis amigos ahora son de diferentes partes de Latinoamérica.
Siento que acá se genera otra clase de unidad latinoamericana donde ya no miramos las fronteras del territorio de allá. Ahora tengo una banda que amo mucho con otras seis chicas; somos siete en total y el proyecto se llama La Papaya. Hay músicas de Venezuela, Ecuador, Chile, Colombia, México, Cataluña y yo de Guatemala.
Nos conocimos en el metro porque una de ellas también cantaba ahí cuando necesitaba dinero. Nos hicimos muy amigas, me pidió que le hiciera coros para un concierto y luego me propuso armar un proyecto de mujeres. Nos juntó a todas y, aunque no nos conocíamos antes, hubo mucha sinergia. Nos queremos muchísimo y nos hemos convertido en una red de apoyo vital donde compartimos la comida o cuidamos a los hijos.
Siento que también se genera otra clase de unidad latinoamericana acá... No importa si es tortilla o arepa, pero vamos a comer harina de maíz, ¿sabes? Sostener mi proyecto y estar lejos es complicado, más cuando el arte que uno hace tiene como objetivo conectar. Pero para mí es súper vital conectar, hacer red. Yo soy K'at (nahual). Entonces también, para mí es muy importante tejer redes. Y aquí eso me estaba agobiando. Eso es lo que me ha logrado sostener aquí, porque estar lejos con una forma de vida tan diferente es complicado, más cuando el arte que haces tiene como objetivo tejer redes y conectar.
El acceso al ocio y las redes de migrantes en España
Al recordar sus anteriores propuestas colectivas de mujeres en Guatemala, como el intento de consolidar el proyecto Violeta Violeta junto a la teóloga mexicana feminista Gabriela Miranda, Morales analizó las diferencias estructurales respecto a los tiempos de vida, las distancias, el transporte y el cuidado familiar en ambos contextos:
Raysa Morales: Yo en Guatemala lo intenté. Junto con Gabriela Miranda, que es amiga mía del alma. Y queríamos hacer este proyecto que se llamaba Violeta Violeta y era un proyecto para hacer canciones de escritoras alrededor del mundo y con una banda de mujeres. Y lo intentamos, reclutamos gente, busqué gente, chicas que tocaran. Pero también como que todas tenían mucho que hacer antes de la banda. Yo creo que aquí todavía hay una oportunidad de tener acceso al ocio, allá nos costaba mucho porque todas trabajaban muchísimo. Las distancias eran muy grandes para poder ensayar. La movilidad era toda una logística porque, claro, una vivía en San Cristóbal, una en zona 5, yo vivía en zona 1, era todo un caos. Y aparte de esto de que todas trabajaban mucho porque sostenían, si no era a la familia o a ellas mismas, también tenían siempre más de alguna responsabilidad con alguien más. Entonces eso lo hizo muy difícil y no pudimos avanzar. Igual hicimos un par de canciones, logramos hacer un par de conciertos pero al final el proyecto tronó.
En cambio, aquí yo sí noto que hay un poco más de opciones. Como que la clase media en general tiene un estándar. Tenés tiempo para el ocio, acceso a lugares donde poder ensayar. Acceso al transporte público a cualquier hora. No sé, acceso a lugares seguros donde nosotros ensayamos y los niños puedan estar ahí también y estar tranquilos. En Guate sería casi que imposible, dependiendo de cómo quieras tú criar a tus hijos también, pero es complicado, no vas a meterte en un ensayadero y dejarlos afuera en la calle o en un parque. Entonces yo creo que también para las mujeres nos es más difícil porque el cuidado de la vida está como bastante sobre nosotras. Entonces si allá que hay menos recurso para todo, para todo, entonces el cuidado de la vida termina siendo más exhaustivo.

Frente a un entorno hostil, Raysa decide dirigir su música actual hacia la resiliencia, el disfrute y el alto al fuego desde el interior. Durante la plática, Morales profundizó en la evolución de su postura artística, explicando cómo se alejó de los sentimientos reactivos para canalizar su mensaje a través de la preservación y el equilibrio interior:
— Ahora, Raysa, me gustaría que me contaras un poco cómo se ha ido transformando tu arte. Me comentabas al principio sobre pasar a espacios diferentes del rollo más fiestero o de los bares, ¿cuál es el mensaje o el pilar de tu arte hoy día, y también el que construyes con La Papaya actualmente?
Raysa Morales: A mí se me hace súper loco porque, sabes, mi postura política siempre ha sido de izquierda, toda la vida desde que nací, porque crecí en una casa con una formación política y lo agradezco. Pero me ha costado dirigir mi arte hacia ahí, porque tengo un poco de conflicto con los sentimientos fuertes; no sé cómo explicarlo, como con la rabia o el enojo. Más bien siento que desde siempre me ha llamado la belleza, lo que hablamos del ocio y el disfrute.
Creo que ahora, después de hace unos años para acá, encontré el camino que realmente puede enlazar las dos cosas, y para mí es un llamado a la calma. Es dar esta profundidad y decir que nos necesitamos. Obviamente no todo el mundo puede estar en calma, pero somos muchos y muchas que estamos en un nivel medio que podríamos llegar a ella y organizarnos desde ahí; desde el amor, desde la luz, no sé cómo explicarlo. No hacerlo siempre desde el dolor o desde la rabia, sino validar otras emociones en la lucha misma. Para mí el estandarte de luchar no tiene que ver siempre con ser reaccionario o con gritar.
También está en la entereza del alma y en la coherencia del ser; en decir: "Yo soy una persona que creo en esto y lo voy a ejercer en mi vida". Significa que también voy a mantener mi cuerpo en paz y no voy a sostener la guerra en mi cuerpo. Es generar el alto al fuego, digamos, desde aquí, desde adentro.
Sostener la idea de una paz y generar ese alto al fuego desde adentro se me hace bonito. Siento que podemos ser bastante productivos para la paz si nos llegamos a conectar con esta parte que todos y todas tenemos. Tampoco digo que la violencia no sea necesaria; los Hare Krishnas tienen un dios de la violencia porque dicen que es necesaria, y yo también lo creo; a veces no queda otra salida más que esa y hay que optar por ella. Pero también creo que hay personas que tenemos la posibilidad de la calma y no siempre la miramos. Diría que hacia allá se encaminó mi arte ahora.
— Con La Papaya, ¿de qué cantan ustedes actualmente?
Raysa Morales: Ahorita tocamos bastante folclor del Pacífico y tenemos bastante mezcla latinoamericana. Nuestras canciones, que recién están naciendo poco a poco, hablan mucho de resiliencia. Justo como la última que estamos haciendo, que se llama Flor de Asfalto y habla de nacer o de florecer en medio del desastre. Creo que eso nos ha tocado mucho como migrantes a todas, inclusive a la que es de acá, que decimos que es la migrante de la banda porque es la única local. Nos ha costado mucho florecer en tierras ajenas, y creo que eso nos une mucho y nos representa a todas a través de la resiliencia. Y también nos gusta regresar al disfrute, a bailar y al festejo. Con ellas es pura cumbia, merengue y vallenato. En cambio, mi proyecto personal es mucho más tranquilo, más bohemio, aunque tengo dos o tres canciones que son tal vez un poco más bailables. Con las chicas sí es festejo total.