19 de julio de 2026
Esta mañana, mientras desayunaba, volví a ver la imagen que ha dado la vuelta al mundo: nuestro presidente, Bernardo Arévalo, sonriente, probando un chicharrón crujiente en el Centro Histórico, acompañado de un creador de contenido estadounidense.
La escena es perfecta para un "reel", para un titular amable que venda una imagen de Guatemala cálida, folclórica y abierta al mundo.
Y sin embargo, mientras la comitiva presidencial reía y las cámaras captaron el momento "humano" del mandatario, en mi corazón guatemalteco solo sentí una tristeza profunda.
Porque la imagen del presidente con un influencer extranjero se convierte, sin quererlo, en el espejo de lo que nos duele: la sensación de que el espectáculo se come la sustancia, de que se aplaude la anécdota mientras las heridas del país siguen abiertas, sangrando en silencio.
Mientras el presidente se tomaba la foto, Don Alberto, un maestro jubilado de 68 años, esperaba en una fila interminable en la frontera con México. Él es uno de los exiliados que tuvo que dejar su hogar, su tierra y su familia, perseguido por la sombra alargada de la fiscal general Consuelo Porras. Su delito: haber defendido a estudiantes de la Universidad San Carlos, USAC, haber alzado la voz contra la corrupción.
Ahora vive en el limbo, lejos de los nietos que crecen viéndolo por una pantalla. Don Alberto no pide un chicharrón con el presidente; pide justicia, pide poder regresar a su patria sin miedo a ser encarcelado. Y su presidente, que prometió un nuevo amanecer, no le ha dado una respuesta clara.
Mientras las cámaras grabaron la sonrisa del mandatario, Doña María lavaba platos en un restaurante de la Zona 10. Cada noche, antes de dormir, mira su teléfono con el corazón en un puño. Su hijo, Gustavo, está en la lista de deportados que el ICE enviará de vuelta desde Estados Unidos. Gustavo se fue a los 18 años, empujado por la pobreza, soñando con enviar dinero para construir un cuarto en su casa. Ahora, el sueño se ha roto y vuelve con las manos vacías, a un país que no le ofrece trabajo ni esperanza.
El presidente habla de migración ordenada, pero no se le escucha un plan claro, un abrazo firme para estos hermanos que regresan derrotados.
Y por si fuera poco, mientras el presidente degustaba la comida callejera, en el campus de la Universidad de San Carlos de Guatemala, el fantasma de la cooptación acecha. Javier, un estudiante de Ciencias Políticas, ve con impotencia cómo el rector Walter Mazariegos teje alianzas y redes que ahogan la autonomía universitaria, ese bastión de pensamiento crítico que tanto nos costó ganar. Lo borraron del sistema y le dieron muerte académica, todo su esfuerzo se desvaneció con un click.
El presidente, que juró defender la Universidad, guarda un silencio que se siente como un consentimiento cómplice. ¿Acaso no es la Usac la conciencia de la nación? ¿Por qué esa indiferencia, señor Presidente?
Y en el ámbito internacional, el silencio es aún más ensordecedor. Mientras el mundo clama por el alto al fuego en Palestina, mientras se documentan imágenes que el propio Tribunal Internacional califica como posibles crímenes de guerra, la voz de Guatemala se apaga. No se le pide al presidente que se convierta en un actor geopolítico, sino que alce la voz por los derechos humanos y que condene el genocidio, que se ponga del lado de la vida, como nos enseñó nuestro Nobel de la Paz Rigoberta Menchú.
El presidente Arévalo nos vendió la idea de un nuevo amanecer. Pero un amanecer no se construye solo con selfies y chicharrones. Se construye con acciones valientes, con palabras claras, con el coraje de enfrentar a los poderes fácticos, así tengamos que perder sonrisas para ganar el respeto de un pueblo que ya no quiere migajas de atención, sino justicia.
Presidente: bájese del carro de los influencers y póngase al lado de los exiliados, de los deportados, de los estudiantes y de los pueblos que gritan por su vida en Gaza. No le pedimos que sea popular; le pedimos que sea presidente. Porque, con todo respeto, un chicharrón no llena el vacío de una patria que llora y usted lo sabe.
Guatemala no quiere ser el escenario de una foto; quiere ser el escenario de un cambio verdadero.

*Todos los personajes son ficticios, o no.