26 de abril de 2026
Cada 26 de abril en Guatemala y el mundo recuerdan una de las heridas más profundas de nuestra historia reciente: el asesinato de Monseñor Juan Gerardi Conedera, una voz crítica que pagó con su vida el valor de decir la verdad. A 28 años de su martirio, su legado sigue siendo una piedra en el zapato para los que aún hoy pretenden enterrar el pasado.
Gerardi no fue un obispo más. Fue ante todo, un pastor incómodo. Cuando la jerarquía eclesiástica guatemalteca optaba mayoritariamente por silencios cómplices o tibias condenas a la guerra civil (1960-1996), Gerardi entendió que la Iglesia no podía lavarse las manos. Desde la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, ODHAG, lideró el proyecto “Recuperación de la Memoria Histórica”, REHMI, que culminó en el informe “Guatemala: Nunca Más”, presentado el 24 de abril de 1998. Apenas cuatro días después, fue asesinado a golpes en el garaje de la parroquia de San Sebastián, donde vivía, en el centro histórico de la ciudad de Guatemala, a unos metros de la Casa Presidencial.
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El informe, presentado por Gerardi apenas 48 horas antes de su muerte, fue su verdadera sentencia de muerte. Aquellas páginas documentaron más de 55,000 violaciones a derechos humanos, el 80% atribuidas al Estado y sus fuerzas paramilitares. Detallaba exterminios, desapariciones forzadas, torturas y el genocidio contra pueblos mayas. Para los militares y las élites que sostuvieron el statu quo, ese texto era dinamita pura: desmontaba el relato oficial de una “guerra contra la subversión” para revelar una masacre sistemática contra la población civil.
Gerardi representaba una Iglesia de los pobres, no la de los capellanes castrenses. Mientras otros obispos bendecían los desfiles militares, él acompañaba a las viudas, a los desplazados, a los sobrevivientes de las aldeas arrasadas. Por eso era insoportable. No solo porque hablaba, sino porque sus palabras venían respaldadas por pruebas, por testimonios de campesinos, por fosas comunes señaladas en mapas. Era un obispo forense, un arzobispo que convertía la fe en exigencia de justicia.
Su asesinato, nunca del todo esclarecido pese a las condenas judiciales de 2001 (luego anuladas y vueltas a sentenciar en 2015), fue un mensaje terrorífico: “Así se calla a quien alza la voz”. Pero el mensaje fracasó. El Nunca Más sigue siendo leído, el REHMI sigue siendo referencia, y Gerardi se ha convertido en símbolo de que la verdad, aunque asesinen al mensajero, acaba imponiéndose y la verdad sale a la luz.
Hoy cuando en Guatemala vuelven a cerrarse investigaciones anticorrupción, se criminaliza a defensores de derechos humanos y algunos sectores militares buscan reescribir la historia, recordar a Monseñor Juan Gerardi es un acto de resistencia. Su vida y su muerte nos interpelan: ¿de qué lado está nuestra fe, nuestra ética, nuestra ciudadanía? ¿Con los que entierran la memoria o con los que la exhuman como único camino hacia la reconciliación?
Que el 26 de abril no sea solo una fecha. Que sea un compromiso: sin verdad no hay justicia, y sin justicia, el “nunca más” se convierte en “siempre otra vez”. Monseñor Gerardi, mártir de la palabra, sigue empujando desde la tierra que lo acoge. Su grito, por fortuna, sigue siendo insoportable para los poderosos. Y por eso, 28 años después, sigue más vivo que nunca.