14 de junio de 2026
En los últimos meses, hemos sido testigos de una escalada preocupante en la censura ejercida por plataformas como Instagram y Meta contra medios de comunicación independientes. Lo que comenzó como un supuesto esfuerzo por combatir la desinformación se ha convertido en un mecanismo de control que silencia voces críticas y limita el pluralismo informativo, justo cuando más lo necesitamos, nosotros mismos en Festivales Media fuimos víctimas de esta nueva ola de fascismo tecnológico.
Periodistas independientes, pequeños medios digitales y creadores de contenido que cuestionan narrativas oficiales han visto sus cuentas suspendidas, sus contenidos eliminados o sus alcances reducidos drásticamente, sin explicaciones claras ni procesos de apelación justos. Esta práctica no es inocente: responde a una lógica de poder que busca homogeneizar el pensamiento y eliminar la disidencia.
La ironía es profunda cuando recordamos que estas mismas plataformas se presentan como defensoras de la libertad de expresión. Sin embargo, su modelo de negocio, basado en algoritmos que priorizan contenido “seguro” para anunciantes, termina funcionando como un brazo ejecutor de censura extrajudicial.
La inteligencia artificial como amenaza al pensamiento crítico
Resulta particularmente pertinente la reciente encíclica del Papa León XIV, que advierte sobre los peligros de la inteligencia artificial para el pensamiento crítico humano. El pontífice señala con lucidez cómo los algoritmos no solo nos muestran lo que “debemos” ver, sino que moldean nuestra forma de pensar, nuestras prioridades y, en última instancia, nuestra capacidad para discernir la verdad.
Esta advertencia cobra especial relevancia cuando observamos cómo los sistemas automatizados de moderación de contenido —entrenados con sesgos particulares— deciden qué información merece ser vista y cuál debe ser ocultada. La IA no es neutral: refleja los valores y prejuicios de quienes la diseñan y controlan.
La censura como herramienta del fascismo
No podemos ignorar la dimensión política de este fenómeno. La historia nos enseña que la censura ha sido siempre el primer instrumento del autoritarismo. El fascismo del siglo XXI no necesita quemar libros ni cerrar periódicos: le basta con que los algoritmos invisibilizan las voces disidentes, que los sistemas de “verificación” desacrediten sistemáticamente a ciertos medios, y que el miedo a perder el acceso a plataformas esenciales para la comunicación moderna lleve a la autocensura.
Cuando una plataforma privada, sin control democrático ni transparencia, decide unilateralmente qué es “discurso de odio” o “desinformación”, está ejerciendo un poder político que debería corresponder a instituciones democráticas con garantías procesales.
La censura digital no es un problema técnico: es un problema político que amenaza los cimientos de nuestras democracias. Frente a ello, necesitamos regulaciones que garanticen la transparencia de los algoritmos, procesos de apelación justos y, sobre todo, el fortalecimiento de medios independientes que puedan operar al margen de estos gigantes tecnológicos, esos oligarcas del internet.
Como advierte el Papa León XIV, estamos delegando nuestra capacidad de juicio a máquinas que no entienden de matices, contextos ni valores humanos. Recuperar el pensamiento crítico es hoy un acto de resistencia frente a un sistema que prefiere ciudadanos dóciles antes que libres.
El pasado domingo 7 de junio, Meta de manera arbitraria decidió “inhabilitar” nuestra cuenta en Instagram, pero esto más que debilitarnos, nos muestra que el camino que hemos decidido andar es el correcto.
