Agustín Ortiz

Luchamos para retornar, retornamos para luchar

Luchamos para retornar, retornamos para luchar

 

Un día 13 de enero, hace 33 años, comenzó nuestro caminar. Aquel miércoles amaneció soleado, pero no era un día común. En casa, todos despertamos temprano. La panadería no abrió; por primera vez en mucho tiempo, no había pan que vender. Pronto, el silencio fue reemplazado por el ajetreo. Mamá Liva y mis hermanas prepararon el desayuno y comimos de prisa, con esa urgencia que dictan los grandes cambios.

Había llegado la fecha, el momento, el día que se había postergado en tantas ocasiones finalmente nos miraba a la cara.

Desde el día anterior, todo estaba dispuesto. Ya estaba hablado; cada uno sabía su papel en este guión de incertidumbre. Mamá preparó raciones de comida para el camino. Nadie sabía cuánto duraría el viaje, pero la decisión era unánime: no habría marcha atrás.

En una esquina de la casa se amontonaba nuestro patrimonio, construido a pulso durante doce años: cobijas, ropa, utensilios, herramientas. Lo básico. El resto, la mayor parte de nuestra vida material, la habíamos regalado a los paisanos que decidieron quedarse.

El último adiós al patio de los loros

Ayudaba a papá Polín a asegurar los últimos bultos con nylon. Mamá y mis hermanos se adelantaron. Antes de partir, regresé a la cocina y luego al patio. Mis ojos buscaron el gran árbol central, el único sobreviviente de nuestra llegada, que durante años sirvió de nido para loros, guacamayas y una chachalaca.

Detrás del árbol permanecía el horno de adobe de tierra blanca que construimos con papá. De allí salieron, por años, los mejores panes de la comunidad; fue nuestro sustento y nuestra identidad.

Por un instante, me vi de nuevo pedaleando mi bicicleta “Hero” o corriendo tras la pelota azul que mi hermana Ana me trajo de Cancún. Recordé el día que llegamos: un camino rústico abriéndose paso en la selva.

—¡Apúrate! —El grito de mi padre me devolvió al presente.

Al cerrar la puerta de la cerca, apareció Jeremías. Teníamos la misma edad, estudiamos juntos y vivíamos a tres casas. —¡Dame un pan! —me pidió. Los niños solían llegar con su moneda de 100 pesos en busca de una pieza recién horneada. —Ya no vendemos pan. Ya no venderemos más —le dije, anticipándome a mi padre. Jeremías se quedó mudo, con los ojos redondos, sin procesar la noticia. —Nos vamos de Kuchumatán. Nos regresamos a Guatemala —añadí—. Ya no viviremos más en México. ¡Órale! —le grité, al tiempo que salí corriendo para que el nudo en mi garganta no se soltara en llanto.

El camino hacia lo desconocido

Papá Polín cerró la puerta definitivamente. Caminé detrás de él mientras pensaba en mis amigos de la primaria, en las chamuscas de fútbol y en las peleas infantiles que ahora se quedaban atrás. Eran las nueve de la mañana y el sol empezaba a castigar.

A mi espalda quedaba el pueblo, con sus calles de tierra blanca que dibujaban un ocho y sus casas bajas de madera y techo de cartón.

—¡Órale, Agustín! —Era Nazario, “Chayo”. Mi mejor amigo. —¡Órale, Chayo! —respondí. Por primera vez, sentí que no tenía más palabras. No recuerdo qué más dije. Yo no sabía entonces que habías nacido en la misma aldea en Guatemala. Con él aprendí a llenar mis cuadernos de superhéroes dibujados a escala. Él siempre tuvo más talento.

Seguí caminando sin volver la vista. Sentía el aire pesado mientras avanzábamos hacia la carretera principal.

La raíz del retorno

A mis 12 años, yo había influido en la decisión familiar de volver. De Guatemala no tenía recuerdos propios, solo las historias que mis padres desgranaban en las cenas o alrededor del fogón.

Nací en Santa María Tzejá, Ixcán, Quiché. En 1982, el conflicto armado interno nos alcanzó y mi familia huyó a la selva antes de cruzar a México. Cumplí mi primer año de vida oculto entre la vegetación, sobreviviendo a la desnutrición. Al llegar a México en 1984, nos refugiamos en los campamentos en Chiapas y  en 1986, papá dijo que lo mejor era reubicarse en Quintana Roo.

Las negociaciones para el retorno masivo, lideradas por las Comisiones Permanentes (CCPP), habían sido tortuosas. El Gobierno de Guatemala no quería aceptar la ruta Panamericana; preferían un regreso discreto por el Petén. Pero nuestra estrategia era otra: hacer el mayor ruido posible, visibilizar nuestra existencia ante el mundo para evitar ser, nuevamente, víctimas de la represión militar, pues el enfrentamiento armado entre el Ejército y la guerrilla continuaba.

Yo estaba listo. A mis once años me había capacitado en comunicación popular, derechos humanos y serigrafía. Sabía entonar las canciones de lucha y nuestro lema: “Luchamos para retornar, retornamos para luchar”. La noche anterior, pinté un quetzal en vuelo sobre una manta blanca.

El estruendo de la libertad

El 13 de enero de 1993, al no llegar los buses prometidos, la gente decidió caminar. "Si el Gobierno no garantiza el transporte, lo haremos a pie", fue la consigna. Caminamos 20 kilómetros hasta el ejido Miguel Hidalgo y Costilla.

Pasada la medianoche, el ruido de los motores rompió el silencio. Decenas de buses Pullman llegaron al campo de fútbol. Al amanecer del 14 de enero, abordamos el bus número 2. Encabezaríamos una caravana de casi 70 autobuses y 50 vehículos de acompañamiento internacional (ACNUR, COMAR y otras ONG).

Amarré mi manta del quetzal en un costado del bus, tomé un megáfono y grité nuestras consignas hasta quedar ronco. Éramos 2,500 personas volviendo a casa.

Cruzamos la frontera en La Mesilla el 20 de enero. El trayecto hacia la cabecera de Huehuetenango fue un viaje entre las nubes; la fila de buses parecía una serpiente infinita entre los zigzags de la cordillera. En cada parada, había marimba, comida y una bienvenida calurosa que no esperábamos.

El tramo final: lodo y esperanza

El viaje cambió de tono al llegar a Cobán en Alta Verapaz. Los buses ya no pasaban por el estado de las carreteras. Tuvimos que transbordar a camiones de carrocería. El trayecto de Cobán a Chisec fue una batalla contra el lodazal, donde solo avanzábamos arrastrados por maquinaria pesada.

Finalmente, el 3 de febrero, mi familia llegó a nuestra nueva comunidad. Mientras caminábamos hacia las galeras provisionales, unos niños de la aldea vecina me gritaban: —¡Patojo, patojo! Al principio creí que era un insulto, hasta que mamá me explicó que así llamaban a los "chamacos" (niños) en Guatemala.

Han pasado 33 años desde aquel primer paso. No ha sido un camino fácil, pero hoy renuevo mi voto por esta tierra. Por la Guatemala que nos recibió con los brazos abiertos y por el México que nos dio refugio durante doce años.

Hoy más que nunca, nuestro grito sigue vigente: “¡Luchamos para retornar, retornamos para luchar!”.

Posdata:

* En 1994, me reencontré con Nazario cuando su familia volvió de México.

* En 1998, me reencontré con Jeremías, aquel vecino que buscaba pan. Estudiamos juntos el Magisterio; su familia se había asentado en Fray Bartolomé de las Casas, Alta Verapaz, y según me han contado mis colegas, falleció hace algunos años, noticia que no he podido confirmar.

*Fotografía de Camacho N. y Aguilar S. En Memoria de la Esperanza: el retorno de los refugiados guatemaltecos.