Cuando la juventud guatemalteca encendió la mecha seis años antes del mítico 68
En el imaginario latinoamericano y mundial, el año 1968 aparece como un año volcánico: Mayo Francés, Tlatelolco, la rebeldía global. Sin embargo, para Guatemala, la historia tiene un latido diferente y más trágico. Aquí, el mito no comenzó en 1968. La juventud guatemalteca ya había escrito con su sangre el guión de la rebeldía seis años antes, en las jornadas de marzo y abril de 1962. Y no lo hicieron solo para pedir reformas universitarias, sino para desafiar a una dictadura militar en un contexto preinsurreccional que marcaría el inicio de un conflicto que degeneraría en genocidio.
Lo que ocurrió en la primavera de 1962 no fue un estallido espontáneo. Fue la detonación de una década de heridas abiertas desde el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954, orquestado por la CIA. El detonante inmediato fue el descarado fraude electoral del general Miguel Ydígoras Fuentes para imponer diputados en el Congreso. Pero el combustible era otro: el malestar de un país entregado al capital extranjero, el entrenamiento de mercenarios para la invasión a Cuba en Playa Girón en territorio guatemalteco, y una juventud que ya no toleraba más la represión.
Fue entonces cuando la historia tomó un rostro joven. La rebeldía no fue un rumor de pasillos, sino una toma de las calles. Los universitarios de la AEU (Asociación de Estudiantes Universitarios) y de manera crucial, los adolescentes de secundaria organizados en el Frente Unido del Estudiantado Guatemalteco Organizado, FUEGO, se lanzaron al combate directo contra las fuerzas del orden. Eran muchachos y muchachas que convirtieron la ciudad de Guatemala y otras cabeceras en un campo de batalla de barricadas, desafiando a tanques y fusiles con piedras y una voluntad inquebrantable. Mientras en el mundo aún no se hablaba de la revolución juvenil, en Guatemala los adolescentes del FUEGO ya sabían lo que era enfrentarse al ejército, vivir bajo toques de queda y enterrar a sus compañeros.
El 13 de marzo es reprimida una protesta en donde el resultado es la represión por parte de la llamada “policía judicial” asesinan a Marco Antonio Gutiérrez Flores disparándole por la espalda; Gutierrez es considerado el primer maŕtir de las jornadas de marzo y abril del 62.
La masacre no se hizo esperar. El 12 de abril de 1962, una patrulla militar al mando del teniente Erick Mendizábal acribilló a los estudiantes de Derecho Noel López Toledo, Jorge Gálvez Galindo y Armando Funes frente a las puertas de la universidad. Ese mismo día, Felipe Gutiérrez Lacán, un estudiante de secundaria, cayó ametrallado por la policía. Ese fue el bautizo de sangre de una generación que entendió que, frente a una dictadura que cerraba todos los espacios políticos, solo quedaba la resistencia.
Pero lo que hace a estas jornadas profundamente distintas a cualquier otra revuelta estudiantil de la época es que no fueron un fin, sino un principio. Las jornadas de marzo y abril de 1962 son el eslabón perdido entre la resistencia cívica y el conflicto armado. Aquellos jóvenes sobrevivientes, al ver que la lucha cívica era respondida con sangre, engrosaron las filas de lo que luego serían las Fuerzas Armadas Rebeldes, FAR. Como bien señala el historiador y sobreviviente Factor Méndez Doninelli, estas jornadas son "antesala de las luchas estudiantiles pro-reforma universitaria de 1968 en La Sorbona" pero también, y más importante, "de la lucha insurreccional en Guatemala".
No se puede entender la guerrilla guatemalteca sin entender el coraje y la frustración de 1962. El levantamiento militar del 13 de noviembre de 1960 había sido el primer chispazo, pero fueron las jornadas populares del 62 las que demostraron que el descontento era masivo y que la juventud estaba dispuesta a morir por un cambio.
Y ese cambio, o el miedo desmedido a que ocurriera, desató la bestia. El gobierno de Ydígoras respondió con una brutalidad que anticipaba lo que vendría, pero fue solo un ensayo. La doctrina de Seguridad Nacional impulsada por Estados Unidos encontró en Guatemala el laboratorio perfecto para la guerra contrainsurgente. Lo que comenzó con la masacre de estudiantes en 1962, se transformó en la política de tierra arrasada de los años 70 y 80, dando pie al genocidio, especialmente en contra de los pueblos originarios.
Por eso, cuando hablamos de 1962, no hablamos solo de una gesta heroica del pasado. Hablamos del momento en que la juventud guatemalteca se adelantó a su tiempo y pagó el precio más alto. Fueron ellos quienes vieron venir la espiral de violencia y trataron de detenerla. La masacre de estudiantes en Derecho fue el prólogo de la masacre de campesinos en Panzós en mayo de 1978 y de las aldeas quemadas en el genocidio contra el pueblo maya durante los primeros años de la decada de los ochenta.
Hoy, cuando las nuevas generaciones guatemaltecas enfrentan otras formas de violencia y corrupción, la lección de marzo y abril de 1962 sigue vigente. Aquellos jóvenes nos enseñaron que la dignidad no tiene edad y que, a veces, resistir es la única forma de existir.
Nos enseñaron que, en Guatemala, el largo camino de dolor que llamamos "conflicto armado interno" comenzó con el sueño de unos estudiantes que quisieron un país distinto y fueron masacrados por ello. Honrar su memoria no es solo recordarlos, es entender que el genocidio que vino después no fue un accidente: fue la respuesta planificada y brutal a la valentía de una juventud que, seis años antes que el mundo, ya había declarado que no quería vivir en la injusticia, en la impunidad y sobre todo que, no querían vivir en la dictadura.