5 de abril de 2026
Hoy es domingo de resurrección y las campanas de las iglesias de todo el mundo repican no solo para celebrar la victoria de la vida sobre la muerte, sino también para recordarnos el lugar geográfico y espiritual donde ocurrió el milagro más sagrado del cristianismo. Jesucristo, el Príncipe de la Paz, nació en Belén, un pequeño pueblo de Palestina.
Creció como un judío marginado bajo el yugo del Imperio Romano y predicó desde Galilea hasta Jerusalén una doctrina que conmocionó los cimientos del poder establecido: el amor incondicional al prójimo y la opción preferencial por los pobres, los enfermos y los olvidados.
Jesús no fue un hombre de poder terrenal; fue un revolucionario del amor. Su mirada siempre estuvo puesta en los últimos de la fila. En una región sacudida por la ocupación militar, Él eligió nacer en un pesebre, huyó siendo un niño refugiado hacia Egipto para escapar de la masacre de los inocentes ordenada por Herodes y finalmente entregó su vida denunciando la hipocresía de quienes usaban la ley para oprimir.
Su mensaje fue claro: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” y “No matarás”. Estos no son meros versículos, sino los pilares éticos sobre los que se erige la civilización occidental y la conciencia cristiana.
Sin embargo, en este domingo en el que conmemoramos su triunfo sobre la tumba vacía, nos duele tener que constatar que precisamente en la tierra donde Él caminó —la Palestina histórica— el mundo asiste impasible a lo que organismos internacionales, juristas y líderes religiosos han calificado como un genocidio.
El Estado sionista de Israel, amparado por la impunidad que le otorgan ciertas potencias, está destruyendo sistemáticamente Gaza y Cisjordania, arrasando iglesias, hospitales y campos de refugiados. Bajo el fuego de la artillería más avanzada del mundo están cayendo los descendientes de aquellos a quienes Jesús enseñó a amar.
Las imágenes que nos llegan desde Belén, Nazaret y especialmente desde Gaza, nos muestran un territorio arrasado: niños destrozados bajo los escombros, familias enteras borradas de los registros civiles y un pueblo sometido a hambruna y desplazamiento forzoso.
Esta barbarie rompe de manera frontal con toda la filosofía cristiana. No es posible invocar al Dios de la Vida mientras se patrocina la maquinaria de la muerte. No es posible predicar el “Amaos los unos a los otros” mientras se financian bombas que caen sobre el lugar donde el Verbo se hizo carne.
Quienes hoy destruyen Palestina en nombre de un Estado confesional están cometiendo un pecado de gravedad histórica: están asesinando al hermano, violando el quinto mandamiento, y convirtiendo la Tierra Santa en un territorio profanado por la sangre inocente.
A las y los cristianos, la fe les exige coherencia. No podemos celebrar la Resurrección de Cristo mientras permitimos que su pueblo palestino sea crucificado cada día bajo el silencio cómplice de la comunidad internacional. La Pascua nos recuerda que el odio no tiene la última palabra, pero también nos exige ser artífices de la justicia y la solidaridad.
Hoy, desde esta tribuna, alzamos la voz para decir: ¡Alto al genocidio en Palestina! ¡Alto a la complicidad con un Estado que practica el apartheid y la limpieza étnica! Que la tumba vacía de Cristo nos llene de valor para defender la vida, para exigir el fin del asedio, y para recordar al mundo que donde nació el Salvador, hoy está siendo ejecutado el mandamiento del Amor.
Que en esta resurrección, resucite también la conciencia de la humanidad. Porque mientras un solo niño palestino muera bajo las bombas, la cruz sigue pesando sobre todos nosotros, sigue pesando sobre el mundo entero.
Amen y amén.