27 de junio, 2026
Mientras Londres disfruta —si es que puede llamarse así— de una ola de calor que derrite el asfalto y desnuda la hipocresía del norte global, la Semana del Clima despliega sus alfombras rojas, sus paneles de cristal y sus cócteles de networking. Y en medio de ese escenario de falsa urgencia, llegan los representantes de los pueblos originarios. Desde la Amazonía, desde el Chaco, desde las montañas andinas, desde las selvas y bosques en Centroamérica. Viajan miles de kilómetros para explicarle al mundo que arde lo que el capitalismo y occidente han incendiado.
La ironía es tan gruesa que casi se respira (esta nota la escribo mientras inhalo aire caliente por la nariz en la ciudad de Londres). Los mismos países que encendieron la maquinaria industrial, que perforaron el cielo con sus chimeneas y que convirtieron el petróleo en religión, ahora piden a los guardianes ancestrales del territorio que les den una cátedra sobre cómo no destruir la casa común. Como si el conocimiento indígena fuera un recurso más que extraer, empaquetar y vender en diapositivas. Como si la sabiduría de quienes han cuidado la tierra durante milenios pudiera resumirse en un informe de sostenibilidad.
Pero el sur global no necesita venir a Londres para entender el cambio climático. Lo ha padecido en carne propia desde mucho antes de que el término "emergencia climática" se pusiera de moda.
En Centroamérica, el huracán Mitch no fue un fenómeno natural: fue el parteaguas de una pesadilla que comenzó en 1998 y que nunca terminó. Miles de muertos, pueblos enteros enterrados bajo el lodo, cosechas arrasadas y una herida que aún supura. Allí, el cambio climático no es una proyección estadística: es el recuerdo de una noche en que el agua se llevó todo. Es la certeza de que cada temporada de lluvias puede ser la última.
En Perú, El Niño no es una noticia de portada que aparece cada cinco años; es una visita constante, un vecino incómodo que derrumba puentes, seca ríos y mata ganado. Los pescadores artesanales, los campesinos de la sierra, las comunidades aymaras llevan décadas ajustando sus vidas a un clima que ya no responde a sus calendarios ancestrales, sino al capricho de un mercado global que sigue quemando combustible fósil como si no hubiera mañana.
Y mientras tanto, en Londres, los diplomáticos debaten metas de reducción, acuerdos vinculantes y hojas de ruta. Los activistas indígenas no deberían estar allí. Deberían estar en sus territorios, protegiéndolos. Pero la paradoja es que el sistema que los desplazó simbólica y físicamente ahora los convoca para que le presten su rostro, su autenticidad, su dolor. Como un souvenir vivo de la conciencia culpable del norte.
El capitalismo no solo calienta el planeta: calienta las conciencias justo lo suficiente para que no exploten. Organiza conferencias, financia estudios, aplaude discursos y luego sigue extrayendo litio, talando bosques, contaminando ríos. La Semana del Clima es el show mientras el mundo y ahora Europa, arden. Y los pueblos originarios son el número principal, obligados a danzar para que los europeos se sientan menos solos en su culpa.
Pero el clima no negocia. El clima no lee resúmenes ejecutivos. El clima cobra factura, y no distingue entre pasaportes. La ola de calor en Europa apenas es un anticipo, un susurro de lo que el sur global ha gritado durante décadas. Los ríos desbordados en El Salvador, las sequías en Guatemala, las heladas en Bolivia: todo eso ha sido el preludio de una sinfonía que ahora empieza a sonar en las cancillerías del norte.
Los pueblos originarios no tienen que venir a contar su historia. La historia ya la saben ellos, y la han contado con sus cuerpos, con sus territorios, con su resistencia. Si algo debería hacer Londres es escuchar sin micrófonos, aprender sin arrogancia y, sobre todo, devolver lo que ha tomado. Pero el sistema no devuelve. Solo extrae. Incluso el dolor.
Así que acá en el Reino Unido, en medio del asfalto derretido y los trajes de lino, los representantes indígenas alzan la voz. No para salvar al norte, sino para recordarle que el sur ya está salvando lo que puede, con lo que le queda.
