Lars Bedurke

Silencio = Muerte: el Orgullo no es mercancía, es resistencia

31 de julio de 2026

 

Una muerte y varias personas heridas durante una manifestación del Orgullo nos obligan a algo más que al luto. El odio no surge de la nada: se cocina en sociedades que lo normalizan. Recuperar el Orgullo como proyecto político de liberación —no como campaña de marketing— es una urgencia.

 

Duelo y responsabilidad

 

Consternado. Rabioso. Así me acosté y así desperté.

Una persona fue asesinada y varias resultaron heridas durante una manifestación del Orgullo. Lo primero es el duelo. Mi solidaridad está con la familia de la víctima, con las personas heridas y con quienes hoy sienten miedo. Ningún debate político puede comenzar sin reconocer ese dolor.

 

Pero precisamente porque el dolor merece respeto, no aceptaré las explicaciones fáciles. Lo ocurrido no fue un accidente ni un hecho aislado. Los asesinatos políticos no nacen en el vacío: se incuban lentamente en sociedades que han aprendido a normalizar el odio.

 

Durante años hemos escuchado que la diversidad amenaza a la infancia, que el feminismo destruye la familia, que las personas trans son un peligro, que los derechos humanos son un privilegio excesivo y que la migración constituye una invasión. Poco a poco, lo impensable hace una década se instaló en el centro del debate público. El odio dejó de ser vergonzante. Primero fue una opinión. Después, un programa político. Finalmente, una práctica.

Cuando el odio se normaliza, la violencia deja de ser una excepción.

 

Nombrar sin estigmatizar

 

El presunto autor actuó movido por una ideología islamista, y debemos decirlo con claridad. Combatir el terrorismo islamista es una necesidad para la defensa de la vida en común. Sin embargo, una cosa es nombrar una ideología violenta y otra muy distinta es convertir a millones de musulman*s en sospechosos. Precisamente eso pretende la extrema derecha: transformar una tragedia en una oportunidad para alimentar el racismo.

 

Lo vimos apenas horas después del atentado. Las redes se llenaron de llamadas a expulsiones masivas, acosos a personas migrantes y discursos sobre una supuesta incompatibilidad entre islam y democracia. Eran los mismos que un día antes ridiculizaron el Orgullo, reclamaban el regreso a la “normalidad” y difunden mensajes contra las personas LGBTIQ+. No muestran la misma indignación cuando los agresores son neonazis o cuando las víctimas son migrantes, musulmanas, judías o racializadas.

No buscan justicia.

Buscan enemigos.

 

Detenernos en la identidad del agresor tampoco basta. El terrorismo islamista comparte con el fascismo europeo, el supremacismo blanco o el nacionalismo autoritario una misma lógica: el control de los cuerpos, el desprecio por el pluralismo, la subordinación de las mujeres, el odio hacia las personas LGBTIQ+ y la construcción de un enemigo a eliminar. Cambian las referencias religiosas, nacionales o culturales; permanece intacta la lógica del autoritarismo.

Vivimos un momento en el que distintas formas de autoritarismo se fortalecen mutuamente. Trump, Orbán, Modi, Putin, Meloni, Netanyahu, entre otros, no son fenómenos aislados: expresan una crisis más profunda en la que el miedo, la desigualdad y la desinformación erosionan la convivencia democrática.

 

¿Qué pasó con el propio Orgullo?

 

Durante décadas celebramos cada conquista jurídica como si la historia hubiese avanzado inevitablemente hacia sociedades más libres. Confundimos reconocimiento con transformación. Se ampliaron derechos sin cuestionar los privilegios del heteropatriarcado. Se aceptó que determinadas personas LGBTIQ+ podían incorporarse al orden existente, siempre que ese orden permaneciera intacto. Cambiaron algunas leyes; apenas cambiaron las relaciones de poder.

El mercado entendió pronto la contradicción. La diversidad dejó de ser una amenaza para convertirse en nicho de consumo. Muchas empresas descubrieron que una bandera arcoíris en junio era rentable. Gobiernos que recortan programas para la juventud queer desfilan hoy en carrozas patrocinadas. La revuelta se transformó, demasiadas veces, en estrategia de comunicación.

Stonewall nunca fue eso.

 

Nació porque mujeres trans, personas racializadas, trabajadoras sexuales, jóvenes expulsados de sus hogares y quienes habían sido considerados desechables decidieron enfrentarse a la violencia policial. El Orgullo no nació para hacer más amable el capitalismo. Nació para cuestionar las relaciones de poder que deciden quién puede vivir con dignidad y quién debe permanecer invisible.

 

Reconstruir la solidaridad

 

Quizá por eso la pregunta más importante hoy no sea cómo defender únicamente nuestros derechos, sino cómo reconstruir la solidaridad.

En medio de una crisis sistémica que produce impotencia, los discursos se endurecen y lo impensable se convierte en norma. La cooperación internacional retrocede mientras aumentan los presupuestos militares. El Norte Global protege con mayor agresividad sus privilegios. Las políticas migratorias se vuelven más crueles. La emergencia climática se acelera. El trabajo se precariza. El resentimiento ocupa el lugar de la esperanza.

Necesitamos recuperar una idea que atraviesa el pensamiento decolonial, a Frantz Fanon y a Paulo Freire: la transformación no comienza desde arriba. Surge cuando quienes durante siglos fueron tratados como “nadie” se reconocen como sujetos capaces de intervenir en la historia.

 

El Orgullo no debería ser un desfile, sino una memoria viva que desarma jerarquías. No solo se colonizaron territorios, sino también las formas de conocer, recordar e imaginar el futuro. Recuperar esas memorias es una condición necesaria para reconstruir la solidaridad.

Toda lucha emancipadora se mueve entre dos horizontes: la realidad existente y el mundo que todavía no existe. Resistir no consiste sólo en denunciar la violencia. Implica crear prácticas políticas, pedagógicas y culturales que restauren la dignidad humana y la de la naturaleza.

Ese sigue siendo el sentido del Orgullo.



Internacionalismo sin excepciones

 

Por eso, en el día del Orgullo, en la marcha internacionalista del Internationalist Queer Pride Berlín (IQPB) caminé también con la bandera de Cuba. No porque ningún gobierno sea intocable, sino porque ningún pueblo debería ser castigado durante décadas por un bloqueo económico. Y pienso también en Gaza. Porque la solidaridad deja de ser solidaridad cuando selecciona qué sufrimientos merecen nuestra empatía y cuáles pueden ignorarse.

La lucha contra la homofobia no puede separarse de la lucha contra el racismo, el colonialismo, el patriarcado, el extractivismo ni las nuevas formas de militarización. Todas estas estructuras producen vidas consideradas descartables.

 

Durante la crisis del sida, ACT UP popularizó una consigna que sigue siendo dolorosamente actual: Silencio = Muerte. No era solamente una denuncia ante la indiferencia frente al VIH. Era una advertencia política: el silencio frente al odio termina protegiendo al odio.

El Orgullo nunca fue una fiesta despolitizada ni una campaña de marketing. Fue una revuelta contra un orden que administraba quién tenía derecho a existir.

 

Esa es quizá la tarea más urgente de nuestro tiempo: recuperar el Orgullo como un proyecto político de liberación capaz de tejer alianzas entre quienes enfrentan distintas formas de opresión. No para defender únicamente una identidad, sino para defender la posibilidad misma de una sociedad en la cual quepamos todes.

Porque el Orgullo nunca fue mercancía.

 

Fue, y sigue siendo, resistencia.