Carlos Ernesto Cano

Un fantasma recorre Latinoamérica

7 de junio de 2026

 

No es el fantasma del que hablara Marx hace casi dos siglos. Este, que hoy se extiende como una sombra ominosa sobre Latinoamérica, es la antesala del autoritarismo. Se viste de discurso de orden, promete mano dura contra el crimen y encuentra su principal fuente de legitimación en el salón oval de la Casa Blanca, donde Donald Trump teje una red de alianzas con la ultraderecha regional para arrinconar a la democracia liberal.

 

Lo que estamos presenciando no es un simple reacomodo de las fuerzas políticas del continente, sino una estrategia deliberada de intervención. El fantasma recorre desde Buenos Aires hasta Ciudad de México, pero en estas horas sus pasos retumban con especial fuerza en Brasil y Colombia, dos naciones que enfrentarán elecciones decisivas bajo la presión explícita del poder estadounidense.

 

El regreso del "Gran Hermano" del norte

 

La administración Trump ha abandonado cualquier pretensión de “neutralidad” en los asuntos internos de la región. Lejos de aquellos discursos de respeto a la autodeterminación de los pueblos, hoy la Casa Blanca actúa como una suerte de casa matriz ideológica que bendice candidatos y castiga a quienes considera adversarios.

 

En menos de un mes, Trump ha recibido en el Despacho Oval al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y acto seguido al senador Flávio Bolsonaro, hijo del exmandatario ultraderechista condenado por intentar un golpe de Estado. No se trata de una diplomacia ecuánime: es un mensaje cifrado para el electorado brasileño. La foto con el heredero político del bolsonarismo, publicada en Truth Social con el elogio de Trump llamándolo "un joven inteligente que ama mucho a su país", vale más que mil discursos de campaña.

 

Y las acciones concretas acompañan a las palabras. La designación de las bandas criminales brasileñas PCC y Comando Vermelho como grupos terroristas —una demanda explícita que Flávio Bolsonaro llevó personalmente a la Casa Blanca— no es una medida de seguridad bilateral inocente. Es una munición política de grueso calibre, pues abre la puerta a una eventual intervención militar estadounidense en territorio brasileño, algo a lo que Lula se opone firmemente mientras su rival la presenta como prueba de su capacidad de gestionar el respaldo de Washington.

 

Brasil en la encrucijada de octubre

 

Las elecciones del próximo 4 de octubre en Brasil serán un parteaguas no solo para ese país sino para toda la región. La disputa entre Lula, que busca un cuarto mandato y Flávio Bolsonaro, que intentará capitalizar el legado de su padre, se perfila como una de las más reñidas de los últimos tiempos.

 

Lo más preocupante es la estrategia de desestabilización económica que parece acompañar el apoyo trumpista a la ultraderecha. La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, USTR, ha reactivado una investigación que podría imponer aranceles del 25% a las importaciones brasileñas, precisamente cuando Flávio Bolsonaro regresaba triunfal de su encuentro con Trump. Lula no tardó en calificar a su adversario de "traidor a la patria", acusándolo de haber abierto la puerta a que un país extranjero se entrometa en las decisiones soberanas de Brasil.

 

Pero el daño ya está hecho. El fantasma del autoritarismo no necesita ganar las elecciones para sembrar sospechas: basta con polarizar el debate, deslegitimar las instituciones y hacer creer a los ciudadanos que la única alternativa al caos es un liderazgo fuerte que mire más a Miami que a Brasilia.

 

Colombia: la sombra de Trump sobre Petro

 

La situación en Colombia no es menos alarmante. Aunque la información disponible concreta sobre el apoyo directo de Trump al candidato de ultraderecha en ese país es materia de seguimiento constante, todo indica que la estrategia del presidente estadounidense es homogénea para la región: debilitar a los gobiernos progresistas y apuntalar a sus antagonistas.

 

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido explícito al señalar que "con excepción de Nicaragua, Cuba, Venezuela, Brasil y Colombia, la región está repleta de aliados de Estados Unidos". La ausencia de Colombia en esa lista de "países amigos" no es casual. Es una advertencia. Y en el contexto de las próximas elecciones colombianas, esa advertencia se traduce en un respaldo tácito —cuando no abierto— al candidato que prometa un alineamiento automático con Washington.

 

Un continente partido por la injerencia

 

Lo más grave de este fenómeno es que la intervención trumpista no se limita a los respaldos electorales. Hay un proyecto de reconfiguración hemisférica que pasa por el "Escudo de las Américas", una iniciativa que en teoría combate el narcotráfico pero que en la práctica funciona como un mecanismo de disciplinamiento regional. Países como Argentina, Ecuador y Chile se han plegado a él; Brasil, Colombia y México han quedado fuera y Guatemala ha permitido que se use su espacio aéreo para bombardear a posibles narcotraficantes. 

 

La pregunta que debemos hacernos los latinoamericanos es hasta dónde estamos dispuestos a permitir que Washington decida por nosotros. El apoyo de Trump a Flávio Bolsonaro, su intento de condicionar la relación comercial con Brasil a los designios electorales, su presión sobre Colombia para que se alinee a una visión unipolar del continente, son síntomas de un mismo mal: el retorno de la política del "garrote y la zanahoria" del siglo XIX, ahora con redes sociales y aranceles como herramientas de coerción, la doctrina “Donroe” (una fusión de los nombres Donald Trump y Monroe).

 

La defensa de la soberanía como trinchera

 

Frente a este fantasma que recorre Latinoamérica, la respuesta no puede ser el repliegue. La defensa de la democracia en la región pasa, paradójicamente, por fortalecer los mecanismos de integración regional que el trumpismo ha intentado dinamitar. También por comprender que el autoritarismo no siempre llega con botas y tanques: a veces lo hace con tuits halagadores y promesas de inversión atadas a lealtades políticas.

 

Lula lo ha entendido bien al denunciar la injerencia extranjera en los asuntos brasileños. La pregunta es si el resto de la región tendrá la claridad y la fuerza para hacer lo mismo cuando llegue el momento. Porque el fantasma no espera. Ya está aquí. Y sus pasos se oyen cada vez más fuertes mientras se acercan las urnas en Colombia y Brasil.

 

Y ojalá que, la historia no nos encuentre dormidos…